Entrevista a Alfredo Moreno, 2º ganador del VII Concurso Literario de relatos cortos de ANESCO

Entrevistamos a Alfredo Moreno Vozmediano, ganador del segundo premio del VII Concurso Literario de Relatos Cortos sobre la Estiba Portuaria de ANESCO. Nacido en Puertollano (Ciudad Real) en 1974, este autor e ingeniero informático desarrolla su labor profesional como profesor de enseñanza secundaria en Andalucía, donde reside junto a su mujer y sus dos hijas.

Licenciado por la Universidad de Málaga, Alfredo Moreno trabajó anteriormente como programador en diversas empresas de consultoría tecnológica. En el ámbito literario, es creador de la saga de ciencia ficción Kepler 22B y autor de obras como Arcadia o la novela juvenil El día en que Goliat venció a David.

Sus textos han sido reconocidos en múltiples certámenes, con premios como el galardón al mejor guión original en el festival La Mano Fest o el primer premio del concurso “Una historia con Renault” organizado por El Norte de Castilla.

La obra premiada por ANESCO, “La mano tendida”, nos sumerge en la vida de un estibador a lo largo de las estaciones del año, combinando recuerdos de infancia, historias de compañerismo y amor, y la transformación de los puertos a través del tiempo.

Su relato combina intimidad, emoción y un profundo conocimiento del ambiente portuario. ¿Cuál es su relación con el mundo de la estiba?

Realmente, ninguna. Aunque ahora vivo en Almería, nací y me crié en Puertollano, en el corazón de La Mancha, así que mi relación con el mundo marítimo siempre ha sido más literaria que otra cosa. Para mucha gente de interior, el mar es un símbolo antes que algo real o cotidiano, así que imagínese la estiba: nos parece una actividad tan arcana como la física cuántica. Tuve que investigar mucho para escribir un relato creíble sobre algo que desconocía por completo.

¿Cómo descubrió el VII Concurso Literario de Relatos Cortos sobre la Estiba Portuaria de ANESCO y qué le motivó a presentarse?

Lo descubrí en una web para escritores que suelo frecuentar. Me gusta escribir o, para ser más exactos, me gusta pensar que soy un escritor que necesita otro trabajo para poder pagar la hipoteca y que roba tiempo de donde puede para dedicarse a su verdadera vocación, que es esa cosa tan absurda de contar historias. Así que, a menudo, buceo en las webs de escritores en busca de concursos literarios y envío alguna cosa de vez en cuando, cuando algún certamen llama mi atención. Y el de ANESCO lo hizo de inmediato porque tenía una temática tan ajena a mi experiencia personal que me pareció un reto fascinante.

¿Qué sintió al saber que su obra había sido premiada con el segundo puesto? ¿Le sorprendió la acogida del jurado?

A un escritor siempre le gusta que lo lean. ¡Para eso escribe! Y si, además de leerlo, a los lectores les gusta, y más a los lectores de un jurado, pues mucho mejor. Así que sentí alegría, claro, y un poco de incredulidad también, porque uno nunca está seguro de si lo que ha escrito es bueno, y mucha satisfacción al ver las horas de trabajo recompensadas. Este tipo de certámenes son muy importantes para los escritores que no nos ganamos la vida con la escritura porque suponen un espaldarazo para nuestro estado de ánimo y, por qué no decirlo, para nuestro bolsillo y nuestro ego, que siempre anda algo necesitado. Así que, sí, siempre sorprende que seleccionen tu relato, pero no del todo, porque no te tomarías la molestia de enviarlo al certamen si no pensases que, en el fondo, tienes alguna posibilidad.

En su relato aparecen detalles muy precisos de la vida en un puerto: silbidos del capataz, maquinaria, rutinas, olores… ¿Cómo trabajó esa ambientación? ¿Procede de experiencias propias, testimonios o documentación?

Documentación. Mi relación personal con los puertos se limita a pasear alguna tarde con mis hijas y mi mujer por el muelle para ver a las gaviotas y a los barcos amarrados. Por suerte tenemos internet. Hace veinte o treinta años tendría que haber ido a una biblioteca para leer lo que pudiera encontrar sobre la estiba, pero ahora tenemos artículos, libros y documentales a un golpe de clic, así que documentarse sobre cualquier asunto es más fácil que nunca si uno es un poco selectivo con lo que encuentra por ahí.

La estiba se muestra casi como un oficio cargado de identidad y tradición. ¿Qué opinión tiene sobre cómo ha cambiado con el tiempo?

Como cualquier oficio tradicional, la estiba ha debido sufrir cambios dramáticos en las últimas décadas debido a la irrupción de las nuevas tecnologías y a la globalización de la economía. Esto habrá tenido consecuencias positivas y negativas, como en todos los sectores. No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor (solo hay que leer un tratado de historia universal para darse cuenta de lo falso que es ese lugar común), pero sí me gusta pensar que, a pesar de todos estos cambios, en los oficios tradicionales como la estiba sigue existiendo cierto espíritu ancestral y el orgullo por el trabajo manual bien hecho.

Julieta es un personaje clave que irrumpe con fuerza en un entorno históricamente masculino. ¿Qué buscaba transmitir sobre el papel de la mujer en trabajos duros como la estiba?

Siempre me ha fascinado esa parte de la historia reciente. Cuando era niño, no había mujeres soldado ni mujeres arquitectas ni mujeres conductoras de autobús, o había muy pocas. Hoy nadie se extraña ni se escandaliza al ver a mujeres desempeñar esas labores históricamente masculinas, pero me intriga y me admira el coraje que las pioneras en esas profesiones tuvieron que demostrar para meter las narices allí donde no eran bienvenidas. Sospecho que la estiba no fue una excepción.

El protagonista rescata y es rescatado en varias etapas de su vida, siempre a través de una mano tendida. ¿Cree que este concepto de apoyo y compañerismo sigue siendo fundamental en la estiba real?

Pienso que es un concepto fundamental no solo en la estiba, sino en cualquier faceta de la vida. Los seres humanos somos animales sociales y sin esa faceta de apoyo y compañerismo, sin esa «mano tendida», una mano tendida de nosotros hacia los demás de los demás hacia nosotros, tiramos por el desagüe al menos la mitad de nuestra humanidad. Decir que somos animales sociales probablemente es una obviedad, pero hasta las obviedades como esa pueden olvidarse en tiempos de individualismo salvaje y depredador.

En el relato se sienten el peso del oficio, la memoria colectiva y la humanidad que se esconde tras cada contenedor y cada turno. ¿Qué cree que la literatura puede aportar al sector portuario y a su imagen pública?

El sector portuario, y lo digo como ciudadano de a pie que vive en una ciudad portuaria, es un completo desconocido para la población en general. A menudo se dice de las ciudades portuarias que «viven de espaldas al mar», y de hecho en muchas hay un muro o una valla enorme, una barrera física entre la ciudad y su puerto, como si fueran dos mundos separados. La literatura puede acercarnos ese mundo portuario como puede acercarnos cualquier mundo, existente o imaginario. Los puertos, además, tienen un potencial metafórico enorme, no solo por la estiba y el ir y venir continuo de personas y mercancías, sino por su conexión con el mar, que al fin y al cabo es el lugar donde empezó todo.

¿Qué le gustaría que el lector —especialmente alguien ajeno al mundo de la estiba— descubra o comprenda después de leer “La mano tendida”?

Esta pregunta no puedo responderla, sinceramente. Cuando escribo una historia, intento verter en forma de palabras una idea, una peripecia, o a veces algo tan intangible como una sensación o una emoción, y lo hago lo mejor que puedo. Quiero decir que no podría expresarlo mejor con otras palabras distintas de las que he empleado en el relato. Decir que es un relato sobre el compañerismo en una profesión exigente, o que es una metáfora sobre la dureza de la vida y la importancia de dar y recibir apoyo, o incluso que es una crónica sobre el paso del tiempo, sería como decir que el cielo es azul. Por supuesto que es azul, pero no es solo eso. Me temo que si alguien quiere descubrir mi relato (cualquier relato, en realidad) no tendrá más remedio que leerlo.

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